Pienso en las veces que bajaba a la capital. La llegada a casa era horrible, pues entre las bolsas siempre se colaba algo de fiebre o dolor de cabeza. Eran el fruto de un sombrero gris, de una copa de gas sustentada por edificios de grandes dimensiones.
Pasó el tiempo, Nina falleció, y nos mudamos. Nuestro nuevo hogar se elevaba diez metros sobre la acera. Tenía dos terrazas y una tortuga. También vecinos: la señora Congestión, el señor Lagrimeo y sus hijos, un tal Pitos y Reacción Cutánea. Me cogieron tanto cariño que desde entonces, a pesar de numerosos traslados, siempre han querido caminar junto a mí al inicio de la primavera. En verano se marchaban. Nunca les gustó sudar ni el calor sofocante. Ambos les secaban la vida.
Hoy he visto los almendros en flor, y aunque me ataquen en los núcleos urbanos, siguen pareciéndome los árboles más hermosos del planeta.
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