-¡Dame lo que tengas! Llevo toda la noche... ¡Puff! ¡Lo necesito! ¡VENGAAA! ¡Eres un capullo! ¡JODER! ¡Dámelo! ¡DÁMELO!
Paso al lado. Los ánimos se calman. Ella me mira. Sigo andando. Huele a orines. Casi tropiezo con cuatro minas perrunas. Me acerco a mi casa. Se ven los nuevos habitantes de las paredes. Era cuestión de tiempo. Alguien estaba firmando todas las tapias de la calle. Me había llegado el turno, y mañana sé que habrá nuevos residentes en el resto de paños de ladrillo. Llega su fin. Pronto serán papeles de experimentación, bocetos de prácticas para futuros proyectos en trenes.
Huele a huevo cocido. Huele a basura. Un contenedor volcado. Huele a yogur. Huele a leche cortada. Un vómito. No hay acera. Medio metro. Bolardos que golpean la espinilla, maceteros sin raíces, farolas sin luz por la crisis municipal. Todos me escupen a la calzada.
Me atropellan.
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